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En mi casa siempre hubo dos fotos. Una de Chayanne, sobre quién escribiré en algún otro momento, y la otra de Paolo Maldini. Ahí estuvo siempre el mítico capitán del Milán y de la selección Italia con sus ojos azules y grandes, mirada perdida, desgreñado y con ese estilo mullet representativo de la década.

Esa foto, la del gran capitano, era parte de la casa, así como lo era ver los partidos del Diavolo el fin de semana. Las mañanas casi tardes de los domingos, día en lo que se desayuna a la hora de almuerzo, eran de panqueques y Calcio. O “toritos”, un sándwich con huevo, jamón y queso que le queda espectacular a mi vieja, pero siempre con Calcio.

La afición de mi mamá al Milán y, en especial, a Maldini era más platónica que deportiva. “Il Bello” le llegaron a apodar en Italia y seguro que ella también lo piensa. Sin importar la causa, mis hermanos y yo terminamos por sentir cierto cariño al equipo. Total, quién no le agradece a lo que sea por darle felicidad a la mujer que nos trajo al mundo. Hoy todavía sufrimos ésta época de vacas flacas y anhelamos volver a ver al Rossoneri en lo más alto de Europa.

La foto encuadrada en la mesa de noche de mamá.

Mi mamá, que usualmente es de pocas palabras, sorprende a cualquiera hablando del Milán de Sacchi, de su Maldini, de lo agridulce de ver ganar a Italia el Mundial sin Paolo, y el amargo presente rossonero. Se ilusionó y luego decepcionó con Seedorf, luego con el Pipo Inzaghi y ahora con Gattuso. Ella siempre va a estar en lo más alto, junto a Maldini cuyo legado permanece intacto.  

La vida, supongo, sabrá cuándo darte o quitarte responsabilidades. Maldini y mi mamá nacieron el mismo año. A los 16, él debutó con el Milán y cinco años después ella, a los 21, se hizo mamá, demasiado joven para mi gusto. Luego de 24 temporadas él se retiró, pero ella sigue vigente tras 29 y cada año lo hace mejor.

Del capitán siempre admiré que cada partido dejó todo en la cancha. De mi mamá también. Si él salía cada domingo a sudar la camisola, ella lo hizo todos los días trabajando y criándonos. Si el Milán se hizo grande por él, yo soy lo que soy por ella.

Seguro que otros hijos lo dirán de sus mamás, pero conozco muy pocas personas con el carácter que tiene mi vieja para habernos sacado adelante. Siempre fue la líder que necesitábamos y para eso nunca recurrió a los gritos ni a la violencia. Siempre portó la banda de capitán a la altura de un equipo grande.

Desde el fondo de la defensa ordenó la casa, nuestras vidas y nos empujó a salir jugando siempre. A creer en nuestro estilo y ser fieles a nosotros. A querer nuestro escudo, nuestro nombre y, sobretodo, a ser un equipo unido en las buenas y en las malas. Tuvimos derrotas, como la remontada en Estambul, pero puedo afirmar que con ella ganamos en la vida.

Perdón por los días en que te hice sufrir como si el Milán estuviera peleando el descenso. Gracias por todos los días que me has hecho sentir que ganamos la Champions. Gracias también a la vida por vos, así como el Milán agradece por Paolo Maldini. Como Maldini con su querido Milán, siempre has estado ahí. Gracias, mi capitana.